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domingo, 26 de junio de 2016




Carlos, diagnosticado de trastorno bipolar a los 19 años, tiene actualmente 33. Durante los 14 años que ha convivido con la enfermedad ha estado ingresado 14 veces en unidades hospitalarias de psiquiatría. La enfermedad ha hecho que su vida universitaria, laboral y familiar se viera muy alterada.

Llamé al timbre de la puerta de cristal de la unidad de psiquiatría, la enfermera me abrió desde el control, le pregunté por mi amigo Carlos, en la 16, me indicó.

-¿Es usted familiar o amiga?

-Amiga -respondí.

Desde fuera ya se advertía que cruzar aquella puerta era como traspasar el umbral, los límites de un mundo aparentemente ordenado y racional, para adentrarse en un espacio en el que cada uno de sus provisionales, cambiantes y a menudo reincidentes habitantes, poseen su propia cosmovisión regida por las leyes particulares que emanan de la soberanía de sus sentidos, con frecuencia distorsionados por la enfermedad mental.


Eran las seis de la tarde, una hora de poca actividad en la sala. Algunos pacientes deambulaban por el pasillo con la mirada pérdida, la marcha lenta y la cara inexpresiva, revelando los efectos de la medicación. Un paciente dormía en la salita, en una cama hecha con dos sillas, improvisada para la ocasión; mientras otros apuntaban con su mirada hacia un televisor donde alguien hablaba para una audiencia ajena a ese “otro” mundo y a los acontecimientos que ocurrían al otro lado de la puerta de cristal.

Al llegar frente a la puerta de la habitación número 16 observé por la mirilla y vi a dos mujeres sentadas hablando. La paciente estaba de espaldas, tenía el pelo largo y rizado, recogido en una coleta; la otra era una mujer joven de mirada serena y dulce, algo que allí especialmente reconfortaba ver. He debido equivocarme, pensé. Debo de haber confundido el número de habitación. La mujer joven se percató de mi presencia y haciéndome una seña me indicó que pasara. En ese momento la otra mujer se dio la vuelta y asombrada comprobé que era mi amigo Carlos. Hacía un año que no lo había visto.

Ahora lucía una bonita melena de pelo dorado, rizado y largo.

Me esbozó una sonrisa y le di un abrazo. Somos viejos amigos y hemos vivido ya demasiadas veces la misma escena en el mismo escenario. Catorce veces con ésta.

-¡Ya está bien, Carlos! -le dije.

-Te presento a Ana, mi novia -contestó.

Ana es menuda y morena, de mirada limpia y sonrisa sincera. Sus ojos delataban que ella le quería. Debía de hacerlo -pensé yo- para no naufragar en el oleaje de esa vida tormentosa a la que había arrimado la suya.

Él se asía a ella con firmeza y sorprendente calma. Ella era su apoyo, su baluarte más preciado en esos momentos. No querría perderla por nada del mundo, pero el agotamiento, la resignación y una enmascarada indiferencia hubieran hecho que el aflojara su mano con gracia y coraje si ella hubiese hecho el más mínimo ademán de abandonarlo.

Carlos tiene 33 años. Le diagnosticaron trastorno bipolar con 19. Ha pasado ya 14 años en la montaña rusa. Recuerdo de nuevo que es su decimocuarto ingreso. No es uno por año, la enfermedad no es tan ordenada, pero se ha cobrado fielmente todos sus aniversarios.

Con el objetivo de escribir este artículo -lo confieso- y con la intención secreta que surge del pensamiento mágico que todos llevamos dentro, deseé que la entrevista a modo de ritual catártico cerrase el círculo de esos 14 años y 14 ingresos a la simbólica edad de 33. Con entusiasmo pero sin mucha fe le pedí que me contara desde el inicio su historia.

-Todo comenzó una noche de verano. Tras unos días de un sin parar de aquí para allá, mientras charlaba con mi hermano en su habitación acerca de los misterios del mundo y de los secretos del universo -temas que en los últimos me interesaban de manera especial-, sucedió algo extraordinario, tuve una revelación: reconocí  y sentí con claridad la existencia de la cuarta dimensión, el tiempo, a través de la cual podíamos movernos, yo mismo era capaz de hacerlo. Poco a poco ese entusiasmo se fue apoderando de mí hasta que la euforia se hizo incontenible. Mi familia, asustada, al no poder calmarme, avisó a una unidad del SAMU, que al rato se presentó en mi casa, inaugurando y bautizando mi primer episodio maniaco.

Yo era estudiante de psicología, así que mejor o peor sabía que significaba aquello.
Ese fue mi primer ingreso. Pasé 12 días hospitalizado en la unidad de psiquiatría embebido, por vez primera, en antipsicóticos y litio.

Carlos hace una pausa, le cuesta continuar. Esta es la tercera semana que lleva ingresado y, aunque ya le están disminuyendo la medicación, todavía le resulta difícil concentrarse y hablar. Sus pensamientos se suceden lentos, como si uno no pudiera salir a escena hasta que el otro la hubiera abandonado por completo. Articular en palabras esos pensamientos es todavía más costoso. De manera sincopada y con largas pausas vamos adentrándonos en su autobiografía. Carlos continúa con su relato.

-Al salir del hospital, tras estar unos días en casa sumido en una profunda depresión en los que no podía más que estar tirado en mi cama y con un estado psíquico que no era capaz de soportar, mi familia, asustados por mi ideación suicida, me ingresaron de nuevo en el hospital. Es allí donde me corté las venas.

-¿Cómo lo hiciste?- le pregunté

-Muy sencillo. Le pedí una maquinilla de afeitar a la enfermera, me la dio y lo hice. Esa vez estuve un mes en el hospital.

-¿Querías realmente acabar con tu vida?

-No lo sé, sólo sé que no podía soportar por más tiempo aquella situación. Es esos momentos no veía otra salida para escapar de ese infierno… Quizás, como me dijeron, había sido un intento desesperado para pedir auxilio, una estratagema inútil para reclamar la ayuda de Dios, de la enfermera de guarida, de mi madre… No lo sé… Luego me arrepentí por el sufrimiento y la preocupación que había causado en mi familia. Cierto es que lo lamenté tambien por las normas de aislamiento y estrecha vigilancia a las que me sometieron.

-¿Cómo transcurrían los días en el hospital?

-El ritmo de mi vida lo marcaba la medicación. Tres colores y sus combinaciones teñían mi existencia: el del litio, el de los antidepresivos y el de los neurolépticos; más tarde hubo que añadir un cuarto, el de los antiepilépticos. La sucesión del gota a gota presagiaba el cambio de ritmo. Cuando mi vida sonaba a nocturno, el Prozac me abocó a la rapsodia.

-Debuté con una taquiarritmia de depresiones y euforias, hilaridades y angustias, descubrimientos y conversiones, recompensas y castigos. Tenía 19 años, estaba empezando a descubrir la vida.

-¿Y qué pasó después?

-Tras una serie de ingresos repetidos vino un período de relativa calma, entonces continué mis estudios de psicología. Fue allí dónde nos conocimos. Cursé dos años en uno para recuperar el tiempo que me había retrasado. Luego pedí una beca para estudiar un año en Inglaterra, me la concedieron y con los cambios y las emociones llegó un nuevo episodio de euforia que me llevó de cabeza a un hospital en Londres.

-Me lo pasé genial –me dice, mientras me mira y sonríe como con añoranza de tiempos mejores.

Al hilo de la conversación le pido que me describa cómo es y cómo se siente durante una fase de euforia.

-Siento en mi cabeza una continua lluvia de ideas que me impulsa a hacer cosas sin parar y a no dejar de hablar; siento amor por todas las cosas, por todos los seres, pasión y excitación por la vida, por cada pequeña o gran cosa que ésta me ofrece; la vida está llena de magia, revelaciones y descubrimientos. Me siento “conectado”, inundado por la energía del universo. Olvido dormir, comer o descansar, no lo necesito. Cada cosa que hago me resulta extremadamente gratificante. Desaparece el miedo y el sentido de la precaución. Es la exaltación de la vida en estado puro.

-¿Y cómo es el otro lado de la moneda?

-Es la nada. Cuatro paredes y mi cama.

-Me pregunto si eres consciente de cuándo vas a entrar en una nueva crisis.

-Ahora sí. Pero aunque se es consciente, tienes la falsa creencia de que se va a poder controlar, pero casi nunca es así. Las facturas de mí móvil son un buen indicador externo de mis crisis...

-¿Y la medicación?

-En cierta medida me he reconciliado con ella y hemos aprendido a convivir. Soy consciente de que cada alejamiento o abandono de la pauta terapéutica ha traído consigo sus consecuencias, nuevas subidas y bajadas. Ya no quiero volver a hacerlo.

Las hospitalizaciones se han sucedido con más o menos frecuencia. Al principio, en los períodos de calma, Carlos intentó continuar sus estudios de psicología, pero los efectos de la medicación y los estragos de la enfermedad, a pesar de que siempre demostró una capacidad sobresaliente para el estudio, le hicieron desistir.

Si hablamos de psicología dice haber renunciado sin pena, al menos a su vertiente académica. No está conforme con los modelos tradicionales al uso, ya que a él ni le sirven ni le convencen.

Carlos, con frecuencia, no comulga con lo establecido, y suele moverse de forma escurridiza entre los límites de lo que objetivamente parece real y la frontera de lo esotérico u oculto. Este es con mucho el punto más complicado.

Durante largas temporadas ha podido trabajar, fundamentalmente cuidando y acompañando a personas mayores, y ha sido excelente en su trabajo. Es cariñoso, solícito y se preocupa sinceramente por el bienestar de las personas a las que acompaña.

A pesar de eso, de que pone el alma en su trabajo, en más de una ocasión se ha sentido prejuzgado por su enfermedad e injustamente tratado. Lo entiende, sabe que es fruto del desconocimiento y del amarillismo que de vez en cuando se ceba en “ellos".

Incluso, algunos pretendidos amigos han dejado de serlo cuando se han avecinado temporales.
Carlos sabe que al margen de eso cuenta siempre con el apoyo incondicional de su familia, de sus amigos, de Ana. Aunque la relación con sus seres queridos no siempre es fácil, en especial con su madre.

Esta semana, Amparo, su madre, no vendrá a visitarlo, se ha quedado en casa por “prescripción médica”. Carlos no quiere verla. Ella se traga el dolor y se muerde las ganas, y rota en 14 pedazos me dice: “Mi hijo es el mejor del mundo”.

A Amparo le ha tocado el duro papel de ser la madre, de sufrir en su alma cada arañazo, cada zarpazo que la vida le ha ido dando a su hijo. Como todas, claro, con esta enfermedad, con otra o con ninguna, ser madre lleva innato el sufrimiento. “Pero cada una se sabe lo suyo”, me ha comentado a veces con un profundo suspiro.

Lo peor de todo es no poder hacer nada. Mucha veces de manera injusta se ha sentido culpable di la situación, de lo que pudo hacer o de lo que no hizo para que su hijo desarrollase la enfermedad. Ella le conoce mejor que nadie, sabe cuándo Carlos está jugando con fuego, cuando sufre, cuando se aproxima cada nuevo episodio, pero también sabe que cada consejo o recomendación que salga de su boca la alejará más de su hijo provocando el efecto contrario al deseado.

Carlos ya no vive con ella. Ha decido que necesita independizarse, enfrentarse a la vida por s mismo. Piensa que el cercado con el que si madre había pretendido protegerlo le hace daño. No quiere vivir como un “enfermo”.

Mi trato con Carlos es de amiga, nunca de terapeuta. Aunque desde mi parcialidad e implicación trate en la medida de lo posible de conciliar esta situación que -lo reconozco- es bastare complicada.
Se ha hecho tarde y Ana tiene que irse a trabajar. Soy consciente de que hoy les he privado de su ratito de complicidad, pero antes de marcharme y para cerrar mi visita y la entrevista con un toque de optimismo, me gustaría que como otra; veces -aunque en circunstancias distintas- Carlos me hablase de aquello que a pesar de todo, y por todo, ha aprendido de la enfermedad.

En esta tarde lluviosa y gris de primavera se lo pregunto de nuevo:

-¿Qué crees que has aprendido de tu experiencia con la enfermedad, Carlos?

Su mirada se pierde a través del cristal, mientras las gotas de agua se deslizan borrando cada une de sus últimos pensamientos. Le repito varias veces la pregunta. Creo que está cansado o quizás no quiere contestar. Le insisto, pero me resigno a marcharme sin escuchar de su boca unas palabras de aliento… Carlos vuelve la mirada hacia mí y con gesto triste e ingenuo me dice:

-No me acuerdo... Dímelo tú.

Fuente:
OLGA PELLICER PORCAR, Psicóloga, Departamento de Psicología de la Salud, Universidad Miguel Hernández, Alicante, España. Colaboradora de AVTB

Puede leer otras experiencias de pacientes o familiares en Vivencias



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