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jueves, 8 de septiembre de 2016


El rockero estadounidense Bruce Springsteen, a punto de cumplir 67 años este mismo mes, publicará sus memorias el próximo 27 de septiembre con el título de Born to Run, uno de los mayores clásicos de su extensa trayectoria musical. Para promocionar este lanzamiento y mientras prosigue de gira por grandes estadios de Estados Unidos, Springsteen habla en una entrevista con Vanity Fair de su lucha contra la depresión desde que cumplió sesenta años (en 2009), de su relación con su padre y de sus planes futuros. "Uno de los puntos que abordo en el libro es que donde quiera que estés o con quiera que estés, la depresión nunca te deja. Nunca conoces sus parámetros. ¿Puedo enfermarme lo suficiente al punto de parecerme más a mi padre de lo que podría?", plantea en la entrevista el músico, que recuerda que su progenitor, fallecido en 1998 y al que describe como "un poco como un personaje de Bukowski", ya padecía este tipo de problemas.

lunes, 22 de agosto de 2016



Cesar comparte su historia sobre el manejo de la depresión, intento de suicidio y su inspiración renovada y su enfoque en una vida plena.

César Millán "tocó fondo" tras una serie de eventos desafortunados: su amado pit bull "Papi" murió, su esposa luego de 16 años de matrimonio le pidió el divorcio y, enterarse que estaba en ruina económica como resultado de la mala administración de su negocio.

martes, 27 de julio de 2010

Por Marcia Purse, About.com Guide

¿Qué pasa conmigo? ¿Estoy enferma? ¿Debo llamar a mi médico? Estas son preguntas que todos nos hemos hecho a nosotros mismos en un momento u otro. En otra época se trataba de preguntas que haríamos a  nuestra mamá o a la abuela, quienes  nos asegurarían que no era nada que un sueño reparador no pudiera enmendar, o nos pedirían que fuéramos al médico.

En esta era de la información al alcance de nuestros dedos, consultamos nuestras preguntas a la Internet, “las googleamos”. 

Un ejemplo, un equipo de médicos encuestó a un grupo de pacientes que acudía a una clínica genitourinaria. De los 223 pacientes encuestados, 101 (45,3%) habían buscado sus síntomas en Internet. De esos 101 pacientes, Veinte (19,8%) se diagnosticaron sus propios síntomas y 14 (13,9%) hicieron un diagnóstico correcto" (Schembri y Schober, 2009).

Otro estudio se hizo para determinar cuan frecuente los médicos haciendo una búsqueda en Google llegaban a un diagnostico correcto. En este estudio, buscar en Google ayudó a determinar el diagnóstico correcto en 15 de 23 casos, o 58% (Tang y Ng, 2006) lo cual es interesante ya que incluso los profesionales médicos capacitados tienen un margen de error en su diagnostico.

Por ello, no debe sorprender que la gente que está experimentando problemas emocionales o dificultades mentales también utilice esta herramienta para tratar de averiguar qué está pasando con ellos. Pero ¿por dónde empiezas cuando no tienes idea de lo que estas experimentando? Bueno, al parecer una frase de búsqueda común es "¿Qué pasa conmigo?"

En mayo de 2007, publiqué un poema titulado… ¡lo ha adivinado! ¿Qué pasa conmigo?

Estoy contenta, sin embargo, me siento miserable...
Estoy bien saludable, pero siempre me siento enferma...
Duermo lo suficiente pero ¿por qué entonces estoy siempre cansada?
Sé que soy amada, entonces ¿por qué me siento sola?
¿Qué pasa conmigo?

por Kalade



 

Esta publicación simple pero conmovedora tocó la fibra sensible de muchos, recibiendo cientos de comentarios de gente que “googleaba” esta frase. Por ejemplo...
.
• Vaya, así es como me siento. Yo estaba confundida acerca de ello y pensé que era extraño. Nadie me cree cuando les digo cómo me siento y realmente yo no entiendo cómo me siento ultimamente. Gracias por ser tan valiente en compartir porque me ayuda a saber que tengo un problema y que no soy una extraña o que busco atención. Realmente ayuda.  Nat.

• Vaya, esto es increíble, pensaba que yo era una egoísta, una idiota loca. Escribí "Que pasa conmigo" en Google porque me sentía de esa manera y esto es lo que encontré. Resulta que en realidad pudiera estar enferma. Christina

• Hmmm... Obviamente yo también escribí esas palabras "¿Qué pasa conmigo?" y me encontré con que muchas otras personas hicieron la misma cosa - extraño. Después de leer la mayoría de los comentarios, siento la necesidad de decir que teniendo en cuenta que muchos de nosotros se siente de esta manera, simplemente! no puede haber nada malo con nosotros! Leonie

Me parece interesante que muchos de los que encontraron esta publicación, creen que encontraron la respuesta a su pregunta - que probablemente también tienen trastorno bipolar; mientras que otros leyendo los mismos comentarios llegaron a la conclusión de que cada quien es normal y no hay nada malo consigo mismo. Sin duda alguna, ambas perspectivas son validas.

Algunos de ustedes que encontraron esta publicación pueden estar luchando con un trastorno mental, como el trastorno bipolar. Otros puede que no. Creo que lo realmente interesante que nos llevemos con nosotros, es que no estamos solos en cómo nos sentimos. Hay mucha gente que lo entiende.

Y a todos los que llegaron a esta publicación escribiendo "¿Que pasa conmigo?" en un motor de búsqueda - no sufran en silencio. Busquen ayuda.
 

Fuente:
http://bipolar.about.com/od/onlineresources/a/what_is_wrong_with_me.htm?nl=1
http://bipolar.about.com/b/2007/05/23/what-is-wrong-with-me.htm
 

lunes, 15 de febrero de 2010

La medalla que parecía imposible. El autismo no impidió que se graduara en la UCV. Hoy trabaja como citotecnólogo en el Padre Machado.

El diagnóstico de los médicos cuando era pequeño fue que tenía retardo y que ni siquiera llegaría a hablar. Sin embargo, hace dos meses, Ernesto Andrés Angulo se graduó de citotecnólogo. De acuerdo con la Secretaría de la UCV, es el primer estudiante con autismo egresado de la casa de estudios

Las 4.000 piezas pequeñísimas no son ningún reto para él.

El enorme rompecabezas que está sobre la mesa del comedor pronto estará terminado. Eso sí, nadie puede mover ninguna de las piezas.

Aunque parezcan idénticas, él se daría cuenta rápidamente del más mínimo cambio, como detalla una hormiga minúscula que camina cerca del plato de galletas, un vello que se desvía de la ceja de su mamá o una célula que se diferencia de sus gemelas en un microscopio.

La culminación del difícil rompecabezas -tarea de la que podría desertar más de uno- es sólo un desafío más en la vida de Ernesto Andrés Angulo, un muchacho que ha logrado derrumbar todo pronóstico. La Secretaría de la Universidad Central de Venezuela asegura que es el primer alumno con diagnóstico de autismo que se ha graduado en esa casa de estudios. En diciembre de 2009, en un Aula Magna que se reventaba de aplausos, recibió su título de técnico superior universitario en Citotecnología.

Y ahora es uno de los tres profesionales que estudian la morfología de las células en el Hospital Oncológico Padre Machado.

Solos. Ernesto lo expresó cuando tenía como 16 años de edad: "Quiero ir a la universidad". Su mamá, Elizabeth Figueras, al principio no supo cómo reaccionar, nunca esperó tal afirmación. La historia clínica de su hijo había empezado con mucho pesimismo. Un examen de sangre detectó, cuando era un bebé, que su sistema inmunológico no funcionaba. Al año y medio no hablaba y los estudios revelaron que la edad mental era de 5 meses.

"Los médicos nos dijeron que tenía retardo, que no llegaría a hablar ni dejaría los pañales. Ese primer diagnóstico nos batuqueó. Lloramos y lloramos", recuerda Elizabeth.

Pero la voluntad es rebelde por naturaleza y los padres no se conformaron con el desesperanzador futuro. Hicieron todo tipo de terapias para lograr que la edad mental de su hijo alcanzara la cronológica. Preguntaron, investigaron, ahorraron dinero y fueron a Estados Unidos a buscar expertos que les dieran luz sobre qué pasaba con el niño. El diagnóstico les iba a dictar un camino: su hijo tenía síndrome de Asperger, una forma de autismo moderado.

En ese momento, los padres no tenían ni idea de lo que era ni de lo que podían esperar. Se sabía poco. Para ellos, como para muchos, un niño autista era aquel que tenía movimientos repetitivos de balanceo y Ernesto no era así. Poco tiempo después, en Venezuela, una experta en el tema, Lilia Negrón, ratificó el diagnóstico.

"Nosotros estábamos solos en esto. Hace 22 años lo que nos estaba pasando era una incógnita. Así que donde había algún adelanto, allá íbamos, no importaba el precio; mi esposo decía que aunque ganáramos 1% de mejoría, valía la pena cualquier gasto", cuenta Elizabeth, una ingeniera civil que, aunque nunca dejó de trabajar, ha dedicado la vida a su hijo.

Ernesto cotidiano. Ernesto aprendió a montar bicicleta, a columpiarse, a lanzarse de un tobogán. Todo lo que para otros niños es intuitivo, para él fue a través del aprendizaje sistemático. Sus padres querían que hiciera todo lo que hacían los demás. "Le compramos un triciclo cuando tenía 3 años de edad y hubo que enseñarle a mover las piernas. Le enseñé a comer con la boca cerrada poniéndole un espejo para que se viera. Apenas se lo ponía, cerraba la boca. Fue dificilísimo que aprendiera los días de la semana. Le costó leer y tardó mucho en aprender a sumar, le llevó 7 años lograrlo, aún el dinero no lo maneja bien", cuenta la mamá.

Los días eran largos para Elizabeth y Ernesto. "Desde pequeño siempre le dije que tenía que esforzarse más que los demás. Me decía que las mujeres éramos unas dictadoras".

Gracias a la perseverancia, habla y lee en inglés. Nunca le gustó batear, ni patear ni correr, pero le encanta la cultura egipcia, el almanaque mundial y hacer sopa de letras como aprendió de su abuela. Le gustan los libros de Dan Brown (el autor de El código Da Vinci) y también se ha leído todos los de Harry Potter.

A la UCV. Si algo le ha fascinado a Ernesto desde pequeño son los tapabocas de los médicos. Siempre llevaba unos con él y quería que sus primos se los pusieran para jugar. En una ocasión hizo que se lo pusieran los obreros que hacían una reparación en su casa. Cuando su tía, que es médico, le regaló una bata desechable de cirujano, fue feliz.

Hizo toda su escolaridad en un colegio privado en San Bernardino. "No sabía qué íbamos a alcanzar, pero cuando él estaba en quinto grado la maestra dijo que llegaría a bachiller, era algo que no imaginaba", cuenta Elizabeth. Y sí, Ernesto se graduó. Y cuando expresó que quería ir a la universidad -"A la UCV, como mi papá", dijo-, la familia empezó a buscar carreras que se parecieran a sus dos intereses: la medicina y los libros. Al final, un tío médico recomendó probar con Citotecnología. Antes de buscar cupo, el muchacho hizo pasantías en el Instituto Anatomopatológico de la UCV. Fue una prueba de la que salió bien parado, con una carta de recomendación que avalaba que tenía aptitudes para esa especialidad.

Vino el otro temor de la madre: ¿cómo entraría en la universidad un joven que nunca había pasado un test psicológico? La puerta se abrió: la UCV había incluido la discapacidad intelectual dentro del convenio de ingreso para personas con esa condición. "Ir a la universidad era una prueba, no sabíamos qué pasaría, pero él tenía que vivir en el mundo real. Le dieron la oportunidad de entrar a estudiar Citotecnología en la Escuela de Medicina José María Vargas. Era la primera vez que lográbamos algo sin rogar. Él fue el primer estudiante de su colegio en ir a la UCV".

Rosalba Maingón fue la psicóloga que acompañó todo el proceso en la universidad.

"Aunque en la Facultad de Medicina no habían tenido experiencia con alumnos con autismo, lo aceptaron". Señala que hubo dudas de los docentes sobre qué pasaría con su ejercicio profesional. "Les informé que era muy inteligente y que en Europa había experiencia de trabajo supervisado de personas con autismo, es decir, que sus diagnósticos podían ser revisados por otro profesional".

La psicólogo elaboró un protocolo para los profesores, que incluía la petición de que lo sentaran adelante y le dieran más tiempo en los exámenes. Algunos docentes lo cumplieron y otros no. No fue fácil. Ernesto reprobó varias materias el primer año. "Decía que nos había decepcionado, se descontroló, yo tenía miedo por que las depresiones pueden tumbar a los muchachos como él", cuenta la mamá. Pero la comprensión por parte de algunos profesores fue vital. "Las puertas están abiertas para él", dijo el coordinador de la carrera. Y el propio Ernesto dijo que volvía a la universidad. "Con él, la UCV mostró su cara más humana", asegura Elizabeth.

El segundo año todo cambió.

Nunca más raspó una materia y en algunas obtuvo las mejores notas. Miguel, un compañero de los cursos superiores, le sirvió de tutor el resto de la carrera. Ingrist Alemán, su profesora de bioquímica, refiere: "Al principio fue difícil darle clases, después pude tener más contacto con él. vi. cómo se comportaba, que no fijaba la mirada, empecé a trabajar basándome en sus características. Él brillaba por su capacidad de memoria, le hice más exámenes orales y le di un poco más de tiempo en los escritos porque era muy lento escribiendo. Venía cada semana en un horario para discutir lo que había visto en clase. Y salió muy bien".

Hubo quien dijo que él era un peligro profesional, una paciente lo insultó. Pero sus profesores lo apoyaron. En 2009, ya en el último semestre, hizo pasantía en cuatro hospitales. Al finalizar, recibió una oferta del Hospital Oncológico Padre Machado para que trabajara cuatro mañanas a la semana. Tito Pomenta, un citotecnólogo que labora con él, comenta: "Ernesto es como cualquier otro trabajador, tiene una capacidad visual increíble, una gran memoria.

Me impresiona que pueda recordar cada caso con sólo ver el número de expediente. Se concentra mucho, diagnostica muy bien". Almuerza, comparte y hasta bromea con sus compañeros cuando tiene confianza. Es diferente, pero es uno más.

El arte de creer. Sobre una mesa del cuarto de Ernesto, los regalos siguen envueltos. Le gusta verlos así, escondidos dentro de esas cajas de frondosos lazos de colores. Allí hay obsequios de su cumpleaños, de la Navidad y de su graduación. Están todos esos CD que le han regalado, con música que le gusta, pero él insiste en oír todos los días el mismo disco, el que tiene los temas de la telenovela Chiquititas. Lo escucha en el carro, cuando su mamá lo lleva al trabajo.

Así es él. No puede andar solo, ni siquiera cruzar una calle, dos veces han estado a punto de atropellarlo. Sin embargo, es capaz de repetir de memoria una clase que aprendió hace años.

Ernesto no suelta la medalla dorada de la UCV. Él cree que es de oro. Sueña con ella desde el día que dijo que se graduaría en la misma universidad en la que estudió su padre. "El único que creyó en él fue él mismo", dice su mamá. Pero es mentira, porque ella siempre creyó en él.

Fuentes Consultadas-
EL NACIONAL - Domingo 14 de Febrero de 2010 Siete Días/4
MIREYA TABUAS
mtabuas@el-nacional.com

jueves, 7 de enero de 2010

El candidato a la presidencia del mundo caminaba por las calles bogotanas rodeado de escoltas. Una tarde, aceptó el ofrecimiento de su cuñado y fue a comprar un carro en el concesionario que él administraba. Ambos salieron a probarlo. Mientras su cuñado manejaba, el candidato pensaba en lo que iba a hacer para acabar la pobreza planetaria.

Pocas cuadras después, la Policía los detuvo; justo en la esquina de la calle 134 con 19. Le faltaban al nuevo carro algunos documentos. Por favor, los dos se bajan. Al candidato lo entraron a la fuerza al edificio que quedaba cruzando la calle. Era la Clínica Montserrat, especializada en pacientes con enfermedad mental.

Carro, policías, papeles, todo formaba parte de una medida desesperada de los familiares de Jorge Cardoso Llinás.

–¡Lo que faltaba: que mi familia diga que estoy loco! La reacción de Cardoso no impidió que las enfermeras le fueran retirando reloj, gafas, saco, y le administraran medicamentos antipsicóticos.

Su etapa de manía había llegado al límite, aunque él todavía no se reconocía enfermo.

Hoy, con la serenidad que da el tiempo, acepta que sus familiares hicieron lo mejor. La lucha por la presidencia mundial era sólo una de sus metas entonces. También pretendía crear un imperio económico, se había metido en negocios de ropa y joyería. “Moví tanta plata, que me fui a la quiebra y me llevé buena parte del patrimonio familiar”, dice.

Pero antes de la manía, vivió su opuesto: la depresión, “la muerte en vida”.

Primero fue la tristeza Dieciséis años. De un momento a otro Jorge no volvió a llegar a casa con las mejores calificaciones del Gimnasio Campestre, como tenía acostumbrada a su familia. ¡Eso son los amigos! ¿En qué anda? Jorge estudiaba más, pero no entendía nada. El cerebro no le respondía. Sin embargo, por qué pensar en una enfermedad, y menos una maniaco-depresión (hoy llamada trastorno bipolar). Lo suyo se debía a causas externas, tal vez al estrés, pensaban todos.

“Pasé la depresión a palo seco”, dice. Como un estudiante apenas promedio, salió del colegio y llegó a la Universidad del Rosario a estudiar derecho.

Ahí sí concluyó: “Me embrutecí”. La inteligencia que antes la gente le reconocía se había esfumado. “Viví un infierno en silencio. Todos me exigían más y más, pero no sabían lo que yo sentía”.

Pasó raspando los años de carrera. Su novia de entonces le ayudaba con los trabajos y quiso saber qué le pasaba. “Me llevó a un acupunturista, a un homeópata, a un psicólogo (que no descubrió nada) y hasta donde un sacerdote”.

Y nada. Un Cardoso triste y apático se graduó del Rosario y se especializó en los Andes en derecho financiero. (Todavía hoy no se explica cómo).

Hijo de familia acomodada, papá abogado, abuelo ex ministro y ex alcalde (el médico Juan Pablo Llinás), Jorge consiguió un buen trabajo como abogado en el Banco Popular. Finalizaban los años ochenta.

Pero entonces “explotó la bomba”, como él mismo lo describe. Actividades que antes le significaban una hazaña semejante a escalar el Everest (levantarse, bañarse, vestirse...), empezó a realizarlas con velocidad y entusiasmo.

Llegaba la manía, sin que Jorge le pusiera ningún obstáculo. Tenía 25 años.

Y a esa edad qué mejor que tener toda la energía posible. Cardoso se llenó de proyectos. En el banco tenía tres secretarias a su servicio que no alcanzaban a seguirle el ritmo. Al mismo tiempo empezó a crear otros negocios. Tenía crédito abierto y seis tarjetas a su gusto.

Hablaba mucho. Aún en la madrugada seguía conectado al teléfono para supervisar sus proyectos. En medio de un río de ideas, una se le clavó en su mente: acabar con las desigualdades entre las personas. Para lograrlo necesitaba poder, y lo tendría como presidente de Colombia. Mejor: del mundo. Planeó su candidatura. Alcanzó a hacer reuniones y contar su proyecto. Contrató escoltas. Era el elegido.

“Por primera vez en muchos años sentí deseos de vivir. Era como adrenalina que me inyectaban en el cerebro”.

No había razón para cambiar. Pero su familia pensaba diferente: algo está mal con Jorge. No duerme. Ha perdido mucha plata. Lo van a despedir del banco (había pedido una licencia porque su tiempo lo dedicaba a su campaña).

Lo que busca no es coherente.

Él iba a una velocidad, el resto del mundo a otra. Decidió que la razón la tenía él y se alejó de su familia. Compró una casa en Carmen de Apicalá y se fue a vivir allá. Sería bueno, sí, tener un carro más potente. Por qué no comprar el que le ofrecía su cuñado.

–Jorge se chifló –decían.

Su familia no tuvo más remedio que idearse aquel operativo para llevarlo a la clínica. Había llenado de deudas su casa. “Perdí un apartamento de mis abuelos. Porque, para completar, yo era el albacea testamentario; así que tenía poder para manejar todo”.

En la clínica lo estabilizaron y Jorge recibió la noticia: usted es bipolar.

Maniaco-depresivo. Un trastorno que produce cambios severos en el estado de ánimo. En algunos casos aparecen síntomas psicóticos. Y tiene un componente genético importante (Jorge recuerda que su abuela murió en una clínica psiquiátrica. “Nunca la diagnosticaron, pero era evidente su manía”).

Meses después de salir de la clínica, el péndulo de Cardoso giró hacia el otro lado. Cayó en depresión y no volvió ni a levantarse. “Quería dormirme y no despertar más”. Pensó que la solución era morir, aunque no intentó suicidarse.

Dosis diaria de litio El médico le recetó antidepresivos y salió de la crisis. Se sintió mejor, así que no había por qué creer que tuviera tal enfermedad. “Los locos son otros”, dijo y botó los medicamentos. Pero la idea de volver a hospitalizarse, tras un anuncio de nueva manía, lo hizo aceptar por fin su situación.

Ahora, a diario, toma una dosis de carbonato de litio, que le garantiza un alto porcentaje de estabilidad. También toma un antipsicótico... “para no volver a lanzarme a la presidencia del mundo”.

En estos años Jorge, preocupado por informar sobre la enfermedad, creó la Asociación Colombiana de Bipolares, que reúne a 120 personas. Al tiempo se crearon otras, como la de esquizofrénicos. Todas se reúnen en la Federación Colombiana de Salud Mental, de la que él es presidente.

No es uno de sus proyectos de manía: Jorge ha sido invitado a cinco congresos nacionales de psiquiatría y a uno mundial, en Canadá. Su voz es respetada como representante de los enfermos mentales.

“La maniaco-depresión es peligrosa. El que un loco salga por la calle corriendo se debe a que no sabe que está enfermo y que tiene tratamiento”.

Con 45 años, Cardoso ha logrado calibrar un radar para detectar qué cosas le hacen bien y mal. De las segundas se aleja sin dudarlo (licor, estrés).

“Como todo, es una decisión. Y yo decidí estar bien”.

–¿Y por qué decidió contar esta historia? –Sé que el estigma hacia el enfermo mental es violento. Pero lo hago para ayudar a los otros pacientes. Que vean cómo de un gran problema se puede tener una gran solución. En el país los enfermos mentales están metidos debajo de la cama, muertos del susto, y así no se defienden sus derechos.

Aquí nos estamos haciendo, literalmente, los locos con el tema de salud mental. Y es una bomba de tiempo.

LA MITAD HA INTENTADO SUICIDARSE En estado de manía, la enfermedad bipolar tiene síntomas como ánimo elevado, disminución del sueño sin tener cansancio, irritabilidad exagerada, hablar rápido, comportamiento agresivo, conductas imprudentes y, en casos severos, alucinaciones.

Los episodios de depresión se caracterizan, entre otros, por tristeza prolongada, ansiedad, pesimismo, indiferencia, dificultad para concentrarse, pensamientos recurrentes de muerte y suicidio.

Las primeras manifestaciones de esta enfermedad se presentan, en promedio, a los 18 años. Es un trastorno recurrente, lo que quiere decir que, si no recibe tratamiento, los episodios depresivos y maniacos son cada vez peores.

Es relativamente común: una de cada 100 personas la padece en su forma más grave.

Hombres y mujeres tienen las mismas probabilidades de sufrir la enfermedad bipolar.

El tratamiento con litio cambió el panorama de los pacientes, permitiéndoles llevar una vida casi normal. La psicoterapia es buena ayuda para evitar recaídas.

Según estudios, un 60 por ciento de los pacientes bipolares tiene una historia clínica de abuso o dependencia de alguna droga.

Entre una cuarta parte y la mitad de los bipolares se ha intentado suicidar por lo menos una vez.

DATOS DEL LIBRO ‘MARCADOS CON FUEGO’, KAY REDFIELD JAMISON.

MEJOR HABLAR "En el país estamos haciéndonos los locos con el tema de salud mental. Es una bomba de tiempo”.

Jorge Cardoso.

ALGUNOS FAMOSOS MANIACO-DEPRESIVOS Virginia Woolf, Robert Schumann, Ernest Hemingway y Abraham Lincoln forman parte de la lista de bipolares famosos. Están también William Blake y John Keats. Incluso se cita a Simón Bolívar.

Fuente:
12-Marzo-2006




Esta semana leí que personas que sufren de depresión hicieron una marcha en Bogotá para pedir que se les tome en serio. Hace poco, los siquiatras del país anunciaron que no están dispuestos a seguir trabajando dentro del sistema de salud si las enfermedades mentales no se tratan con responsabilidad.

Los pacientes se quejan porque no les dan citas a tiempo, porque los controles no son regulares, porque la medicina no llega en el momento adecuado, porque no los remiten a los siquiatras. ¿Por qué es esto tan importante? Yo tengo un trastorno bipolar, es decir, sufro cambios de estado de ánimo que van desde la euforia hasta la depresión. Antes de que me lo diagnosticaran hace ya tres años, fui tratada por depresión durante siete y tuve también ataques de pánico. Esto es que, de pronto, uno empieza a sentir literalmente pánico, uno quiere correr, siente que se va a morir, tiene taquicardias, sudoración. Pero esto sucede sin que algo real lo asuste a uno, se da porque sí; entonces, cuando termina el ataque, uno cree que se está enloqueciendo. Y se repite y se repite y empieza uno a sentir miedo de todo: de salir a la calle, de estar con otras personas, de manejar, de utilizar el transporte público… En mi caso, la depresión llegó con estos ataques de pánico, que se mezclaban con una ansiedad muy fuerte que me hacía sentir agitada, con la sensación de que algo grave estaba pasando o estaba por pasar. No podía quedarme quieta, no me podía concentrar.

Pero la depresión es mucho más que ansiedad: uno se siente vulnerable todo el tiempo, sensible, con ganas de llorar, las ideas se quedan en la cabeza martillando sin parar, se vuelven obsesivas, y con el paso de los días uno siente que no vale la pena, que la vida le quedó grande, que no puede enfrentarla, y se paraliza. De allí al suicidio falta poco. Yo no intenté matarme, pero sí sentí que no era capaz, no me podía concentrar, lloraba viendo cualquier programa medio sentimental en la televisión, me ponía brava por todo y creía que los demás estaban contra mí. Renuncié a mi trabajo, porque no me sentía capaz de asumir el estrés.

Me vieron varios médicos generales que me ordenaron exámenes para el corazón, la tiroides, la cabeza, y ninguno dio con el chiste, Y mientras tanto, la ansiedad, el miedo, la angustia y los ataques de pánico aumentaban. Hasta que un ginecólogo me remitió al siquiatra. Allí me calmó todo, me recetó medicinas para la ansiedad que me tranquilizaron y también me quitaron los ataques de pánico, pero, sobre todo, me explicó la enfermedad, y esto me hizo sentir que no era un bicho raro. También me ordenó antidepresivos, que me permitieron retomar mi vida. Con terapia y medicinas logré salir, volver a trabajar, tener hijos y llevar una vida sin contratiempos, con citas regulares con el siquiatra para monitorear la enfermedad.

Hoy miro para atrás y pienso que si me hubieran diagnosticado a tiempo, me habrían evitado sufrimiento y quedarme sin empleo, porque los síntomas se crecen como una bola de nieve: el miedo trae más miedo, la angustia se multiplica, la invalidez se agudiza y el sinsentido cobra fuerza. Cada día que pasa sin atención médica es un paso seguro hacia el intento de suicidio.

Pero lo peor de todo es que los médicos que no son siquiatras no conocen realmente en qué consiste la depresión y le dicen a uno que ponga de su parte, que deje de pensar cosas tristes. La verdad, uno no puede comportarse de otra manera, porque el cerebro no le envía a uno información positiva, todo lo que le dice a uno es negro.

Ahora bien, si uno es bipolar, como es mi caso, uno también se puede enloquecer. A mí me pasó siete años después de que me diagnosticaran la depresión y entonces pasé a ser una paciente maníaco- depresiva. Creí que todos mis ancestros habían venido por mí y una voz en mi cerebro me dijo que me estaban recubriendo el corazón con cintas porque iba a tener una muerte indolora. Y de pronto, la voz me anunció que estaba muerte. Entonces salí de mi casa, dejé a mi marido en la ducha a cargo de niños pequeños, y caminé en pijama. Como estaba muerta, tiré el reloj porque no necesitaba el tiempo, y me quité la ropa, caminé desnuda como 10 cuadras hasta llegar a una avenida.

La voz me dijo que yo era un espíritu, que si no lo creía, que me le lanzara a un carro, y me lancé, entonces, al ver que el vehículo me esquivaba, entendí que estaba viva. Me devolví corriendo a la casa, asustada, y por momentos dudaba de si estaba muerta, de si me había suicidado y por eso estaba vagando. Un hombre me vio, me ayudó a recoger mi ropa, aparecieron dos policías, me llevaron a mi casa, y mi marido se hizo cargo de mí. Llamó al siquiatra, y él me recetó una medicación y me incapacitó por dos semanas. Volví a trabajar, no perdí me empleo, y sigo siendo productiva. Vivo como una persona común y corriente, no he vuelto a tener crisis porque me atienden a tiempo.

Tomo mis medicinas, hago ejercicio, voy al siquiatra cada 15 días y le cuento cómo he estado. Cuando veo venir los primeros síntomas de ansiedad, me tomo mis pepitas. Como la ansiedad es mi antesala de cualquier problema, la freno de una. La idea es evitar que la crisis se produzca.

Para mí es claro que la oportunidad de contar con un buen siquiatra en los momentos difíciles ha sido fundamental para llevar una vida tranquila y productiva.Mi única limitación es no hacer pública mi enfermedad, por eso doy este testimonio en el anonimato, después de todo no es fácil entender la locura.

Por fortuna, puedo pagar una medicina prepagada que cubre mis citas. Pero, ¿qué hacen las personas que no tiene un tratamiento a tiempo? Pues lo que ellas denuncian: que pierden los empleos, que no pueden trabajar, que se han intentado suicidar más de una vez, que no pueden cuidar a sus hijos, la vida se les acaba.

No saben que, en muchos casos, los enfermos mentales llevamos una vida normal. Y no lo saben porque les dan las citas con los doctores al mes de haberlas solicitado, cuando durante todo este tiempo pueden chiflarse o matarse, o los atienden médicos generales que no saben nada. Y además, no les recetan las medicinas por la cantidad de días necesarios. Si uno deja de tomarlas durante varios días, puede tener una crisis.

Estas enfermedades necesitan ser tratadas en el momento preciso para que no se crezcan, y con citas siquiátricas que controlen al paciente, de lo contrario, las recaídas son inminentes. Entonces, ¿qué va a hacer el sistema de salud con todos aquellos que no tiene la oportunidad de costear una salud mejor? ¿Cómo negarles la oportunidad de vivir bien? Si a pesar de toda esta historia mía yo he podido trabajar, ser madre y esposa, es porque he tenido la posibilidad o el privilegio de acceder a una medicina oportuna, pero no es justo que otros no puedan hacerlo, cuando el tratamiento es sencillo, mucho más que para otras enfermedades. Por eso, creo que los manifestantes del domingo y los siquiatras tienen razón, no hay derecho a que esto no se trate como se debe.

Fuente:
15 de noviembre de 2009

FUNDABIPOLAR

Es una asociación civil privada sin fines de lucro, totalmente apolítica, apoyada 100% por voluntarios e internacional en su rango y expansión, con sede inicial en Caracas Venezuela.

Su principal objetivo es suministrar Orientación y Psicoducación en los Trastornos de Ánimo (Trastorno Afectivo Bipolar y Trastorno Depresivo Mayor) y trastornos comórbidos.

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No prestamos servicios médicos, No manejamos medicamentos. No somos un recurso para enfrentar emergencias o crisis. Estas situaciones las debe manejar el Especialista tratante habitual del paciente.

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